Su madre, inconscientemente, le
llevó al mundo de la moda.
Conoció su vocación en una
tienda de ropa a los 16 años,
después de un rotundo e
intencionado fracaso escolar.
Aprendió corte y confección,
patronaje, diseño industrial.
Casi todo, hasta ahí, fue
casual. Manuel Espuch García
(Alicante, 1966) es uno de los
creadores de moda más respetados
en el país. Aunque él poco sale
de Alicante. Se siente cómodo y
responsable en su negocio. En la
vieja plaza de Gabriel Miró
tiene su atelier.
Comparte espacio con once
empleadas entre idas y venidas
de clientas. Pruebas y más
pruebas. Bocetos y muestras de
telas por el suelo. Tijeras y
costura; sensibilidad y
esfuerzo. Y muchos espejos.
Talento por los cuatro costados
de este alicantino que se siente
tanto diseñador de moda como
modisto. En la alta costura
están clavadas sus colecciones,
libres, sencillas de corte, pero
precisas, muy personales. En el
encargo está el otro Manuel, el
experto, el que sabe qué le
conviene a cada mujer y el que
conoce como nadie cómo conseguir
el mejor traje a medida, sin
modelos de tersa figura ni de
dos metros de altura.
Manuel sabe perfectamente lo que
quiere. Lo demuestra durante la
entrevista que transcurre en su
cuidado y vanguardista taller.
No tiene dudas sobre su oficio
ni del rumbo que ha seguido.
Diseña por encargo unos 200
vestidos cada año, la mitad de
ellos para novias, además de la
colección que siempre presenta
en Alicante, cada año, en galas
benéficas. No para. De no haber
sido creador de trajes hubiese
sido un buen dibujante. Las
cosas del talento.
-¿Cómo se metió
usted en el mundo de la moda?
-Siempre he sido un fatal
estudiante. Mi madre montó una
tienda de ropa en Alicante
cuando mi hermano pequeño ya iba
al colegio. Y mi hermano Toni y
yo dejamos de estudiar para
trabajar junto a nuestra madre,
porque nos encantó el mundo de
la moda. Repito era un fatal
estudiante, no me gustaba nada.
Y a los 16 años me puse a
trabajar.
-¿Qué le dijeron
sus padres?
-Con mi padre hubo problemas,
porque era un poco más serio,
pero mi madre siempre ha
confiado mucho en nosotros y nos
dio más riendas. La verdad es
que en la tienda me encontraba a
gusto, disfrutaba en ese
trabajo. Mi hermano Toni, igual.
Así es que estudiamos los dos
corte y confección, después
patronaje y más tarde diseño
industrial; es decir, todo lo
relacionado con la moda. Mi
hermano se orientó más en la
decoración, posiblemente por
tradición familiar, y trabajó en
Muebles Candela hasta que tuvo
que ir a hacer el servicio
militar, del que yo me libré por
exceso de cupo. Y eso que estaba
ilusionado en meterme el
uniforme, como mis amigos que se
fueron a la mili y yo me quedé
solito en Alicante.
-¿Cuándo diseñó
sus primeros vestidos?
-Muy pronto. A los 17 años
presenté mi primera colección en
el Casino de Alicante. Fue una
experiencia fantástica: presenté
catorce o quince vestidos. Era
un niño.
-Pronto aprendió
el oficio.
-Creo que sí. Al principio no
sabía hacer la o con un canuto,
pero cuando aprendes el oficio y
haces cuatro patrones, empecé a
investigar con las telas y con
la ayuda de la modista que
teníamos en la tienda me fui
introduciendo en el diseño. Me
gustó tanto la moda que me eché
de lleno a ello: era mi trabajo.
La verdad es que en el colegio
siempre saqué sobresalientes en
dibujo, en el resto de
asignaturas, cero patatero.
Luego conocí a Marisa Martín, de
Mirva, que tenía una academia en
Benalúa. Y aprendí mucho.
-De la tienda al
diseño, en poco tiempo, ¿no?
-Empecé en la tienda a hacer
arreglos para las clientas. Y
cada año hacía una colección,
que vendíamos en el propio
comercio familiar, primero
estaba en la calle San Juan
Bosco y, más tarde, ya con mi
nombre, en Marvá. Y así diez
años. Pero a mi me interesaba y
apasionaba era la costura:
hablar con una mujer sobre una
idea y realizarle un traje
especial, exclusivo para un día
determinado. Me llenó mucho ese
tema. Monté un taller junto a la
Diputación, después nos
trasladamos a la Plaza Nueva y
desde hace un año y medio
estamos en la plaza de Gabriel
Miró. La casa la compre hace
mucho tiempo, pero la obra ha
sido casi interminable.
-¿Cuántos
vestidos diseña cada año?
-¿Cuántos puedo o cuántos hago?
-¿Cuántos hace?
-(Silencio). Una media de
doscientos. Todos por encargo.
Salvo las colecciones que diseño
cada temporada. Siempre las
presento en Alicante.
-¿Cómo visten las
mujeres españolas?
-Las españolas son como un
batiburrillo de cosas. Si nos
ceñimos al Mediterráneo, a
nuestra zona, la mujer es muy
explosiva, se pone todo lo que
tiene por casa, vive mucho en la
calle y no repara, especialmente
si tiene que asistir a un acto
especial, a una boda. En la
Comunitat siempre hemos sido muy
barrocos, no tenemos nada que
ver con otras autonomías del
país.
-¿Por qué modisto
siente admiración?
-El principal creador ha sido
Balenciaga, que es el que
prácticamente nos ha enseñado
todos los cortes; una persona
camaleónica que ha cambiado
todos los estilos de la moda.
Luego ha habido muchas gente
buena. Balenciaga nos ha abierto
los ojos a todos. Es un maestro
indiscutible. De todas formas ha
habido gente muy buena. También
me gusta muchísimo Christian
Lacroixe: puede hacer cualquier
cosa con un metro de tela.
Presentó una colección
espectacular cuando casi
quebrado realizó los trajes con
los retales que le quedaban.
-¿Cuál es su
material preferido?
-La moda es efímera, caprichosa.
Una cosa que hoy no te gusta, a
los tres días te puede parecer
maravillosa. Recuerdo que cuando
era pequeño decía que jamás
haría una falda evasè
(acampanada), porque entendía
que la mujer siempre tenía que
ser estrecha, ceñida. Y eso
ahora me parece ridículo.
Depende de la mujer. Ahora ves
una niña estupenda, con buen
tipo y altura, con una falda de
esas y te parece sensacional.
Todo ha cambiado. Hoy puedes
comprar una seda al mismo precio
que un poliéster o algo similar.
Ya no es como antiguamente eso
de recurrir a sedas chinas o las
mejores telas francesas. Pero
son mejores las materias
naturales que las sintéticas.
-Hablemos del
color.
-Ahí si que soy un poco más
determinado: me gustan los
colores neutros, los que nos
brinda la naturaleza. No sólo el
marrón y el azul del mar. La
gama de colores naturales, de la
tierra, desde un blanco roto al
castaño. Los tonos no tienen
colores vivos, son
entremezclados. Me gusta el
blanco de la seda natural, el
azul del mar, el marrón
chocolate, el color de la
castaña. Pero este mundo
evoluciona de un día para otro.
Y así estamos.
-¿Cómo le gusta
más que le cataloguen: modisto o
diseñador?
-Creo que hago las dos cosas.
Cuando hago un traje para una
mujer basándome en el concepto
de su figura y para qué lo
quiere, estás diseñando algo.
Luego si esta señora no tiene
buen tipo y quiere aparecer
perfecta estás actuando como
modisto. En mi caso ambas
denominaciones están muy unidas.
En mis colecciones no veo a las
personas que van a llevar mis
trajes, pero intento mostrar mi
línea. En el taller, por
ejemplo, llega una señora
gordita de metro y medio de
altura y se casa su hijo en unas
semanas, pues tengo que ponerla
estupenda. Tienes que echar mano
del diseño y de ingeniarte algo
especial para ponerle algo de
partido. Y lo conseguimos.
-Los grandes
creadores de la moda no conocen
a sus clientas.
-Claro. Ellos hacen colecciones
y punto. Y los enseñan con
modelos perfectas de talla y de
dos metros de altura. Luego
alguna princesa los compra y las
modistas tienen que ajustarlos a
sus medidas y formas.
-¿Cómo está el
oficio?
-Pues muy complicado. La modista
desaparece. Es una pena, pero es
así. Ahora todo el mundo quiere
ser diseñador, médico, abogado,
funcionario.
-¿Cuál es el
encargo más estrambótico que le
han encargado?
-(Risas). Bueno. Vamos a ver. La
gente pide cosas rarísimas,
igual porque no sabe muy bien lo
que quiere. Se confunde un poco
con tantos programas televisivos
de critiqueo, de moda. Algunas
llegan bastante perdidas. No se
puede llevar un traje largo
durante todo un día si el
banquete de boda es por la
noche, por ejemplo. Aquí, en
Alicante, con el tema de la
bellezas, también. Ochenta o
noventa niñas muy jovencitas se
equivocan al pensar que son
princesitas, cuando sólo se
trata de una presentación en
sociedad. Pero alguna quiere ser
la reina de Saba, claro.
Entonces intentas llevarla al
huerto y dejarla en media
princesita, para que no sufra.
-¿Y el encargo
más sencillo?
-Cualquiera de mi última
colección. No digo sencillo por
poco trabajo, hablo de pureza de
líneas. En la sencillez está
muchas veces el gusto. Mi estilo
es depurado, que no fácil. Sí es
verdad que me gusta mezclar
telas, pero los cortes son
sencillos.
-¿Sigue cosiendo?
-Gracias a Dios no, porque es
una cosa que me pone histérico.
Sé coser, porque en mi época
había que aprender, sobre todo
en los cursos de corte y
confección. Pero pronto
determiné que no era lo mío:
mientras hacía diez patrones,
una señora a mi lado cosía una
faldita, que yo podía tardar dos
semanas en hacerla. Como no me
llevaba lo del coser, aparqué el
asunto. Sé coser y cuando un
trabajo está bien hecho.
-Ahora cantantes,
futbolistas y otros artistas se
meten de diseñadores, como
Madonna o Cristiano Ronaldo.
¿Qué opina?
-Es una cuestión de marketing,
que no va a ningún lado. Ni
diseñan ni fabrican, ponen su
firma y punto.
-¿Le inspira el
Mediterráneo?
-Pues no. Vivo siempre junto al
Mediterráneo y no hay más. Forma
parte de mi vida. Sería como el
turrón en mi casa en Navidad.
-¿Qué puede
costar un traje suyo?
-Depende del traje, si es un
vestido de novia o uno de
cóctel. El precio medio puede
oscilar entre los 2.000 y los
2.500 euros. También hacemos de
mil euros y de 8.000, depende.
Poner precio es algo muy
difícil, depende del vestido.
-Y pruebas y más
pruebas.
-Claro. La última prueba de un
traje de novia pudo prolongarse
más de tres horas. Muchas horas
para diseñar, crear, convencer a
la mujer, la confección y más
pruebas. Es un proceso bastante
largo.
-¿Recuerda a la
primera mujer que le encargó un
traje?
-La verdad es que no. Sí
recuerdo a mis primeras
clientas, que aún lo son. El
proceso es lento. A los 18 años
tenía una novieta y le arreglé
el traje para una Nochevieja que
fuimos al Casino con sus padres,
luego a una clienta de la tienda
le cambié el cuerpo a un viejo
vestido. Poco a poco.
-Imagino que en
cada traje habrá un problema.
-No siempre. Hay momentos
difíciles, pero cada vez menos.
La clienta tiene su opinión y yo
la mía, pero siempre llegamos a
un acuerdo.
-Pero como en
todo oficio habrá clientas y
clientas.
-Como en todos los sitios, pero
en éste cada vez menos. La gente
que viene a un sitio como este y
que tiene que subir tres pisos
confía más. Y la que no confía,
no viene.
-¿Nunca se ha
planteado salir con sus diseños
de Alicante, a la Pasarela
Cibeles, por ejemplo?
-Sí que lo planteo, incluso he
llegado a intentarlo. No sé por
qué no lo he hecho. El principal
problema es que los diseñadores
que presentan colecciones en
grandes certámenes sólo se
dedican a ello. Creo que no
podría mantener el taller, con
once mujeres empleadas para
atender los encargos, y
dedicarme únicamente a diseñar
colecciones. Aquí hacemos cortes
especiales, usamos telas
delicadas; no nos dedicamos a'
coser cremalleras.
-Hay diseñadores,
pero no modistas.
-Así es. El oficio se está
perdiendo. Y tenemos un
problema.
-¿Ha diseñado
algún traje para hombre?
-Jamás. Entre el modisto y un
sastre hay muchas diferencias.
Yo soy modisto, no sastre.

